10-10-9
Adolescentes,
¿sexualmente subnormales?
Análisis
muy acertado de Raúl Espinoza Olivera sobre los
prejuicios que existen en torno a los adolescentes. Publicado en www.yoinfluyo.com
Todos hemos sido testigos, en los grandes centros
comerciales, de cómo muchos niños van pidiendo a sus padres que les compren
absolutamente todo lo que se ofrece a la venta y les apetece: un helado, un
refresco, un juguete, una hamburguesa, el último “Play Station”
o “Nintendo”, y un largo etcétera.
Lo que me llama la atención es que tanto ellos como sus padres son víctimas de
la sociedad de consumo, porque en cuanto el papá o la mamá le dicen a su hijo,
por ejemplo: “No te compraré el ‘Play Station’, punto”,
en seguida viene el enojo, el llanto y el consabido pataleo del chico. El
chantaje sentimental de esa pequeña tragicomedia dura pocos minutos y
finalmente cede la madre y le dice: “Bueno, te lo voy a comprar, con tal de que
te portes bien”. Y aparentemente hasta allí acaba el público incidente
familiar.
Sin embargo, involuntariamente, los padres que ceden a los caprichos de los
hijos con tal de agradarles siempre, no se percatan de que están afectando a su
personalidad porque se convierten en unos niños egocéntricos, sin fuerza de
voluntad para abstenerse de un antojo, sin capacidad para valorar lo que
cuestan todas esas cosas que piden, no piensan jamás en ayudar a los demás, y
donde todo gira en la órbita del “yo-yo” y de sus continuas necesidades materiales.
Los medios de comunicación y la publicidad contribuyen, en buena medida, a
generar un ambiente para potenciar a esos compradores compulsivos. El mensaje
subliminal es muy sencillo, pero persuasivo: “Si compras esto, obtendrás un
placer o disfrute inmediato y serás feliz”. Si los progenitores se oponen a
esta “felicidad” malentendida, entonces “no son buenos padres”, concluyen los
pequeños consumidores.
De esta manera, el niño va creciendo y –si tienen posibilidades económicas– sus padres lo acostumbran a que tenga una
habitación bien puesta, con sus juguetes, sus videojuegos, su televisión, su
computadora, sus libros, su celular, sus equipos de deporte, y está
estrictamente prohibido que nadie del resto de los de la casa se les ocurra –ni
por equivocación– tocar sus pertenencias.
El problema su vuelve más serio cuando ese niño se convierte en adolescente y
cambia sus juguetes infantiles por otros “juguetes” más caros: un buen coche,
solicita más dinero a sus padres para ir a los antros con los amigos, reclama
comprar ropa de marca, los últimos modelos de celulares o computadoras…
Si no existe desde la infancia y, después en la juventud, un clima de exigencia
en el hogar, de templar el carácter, de aprender a decir “no” a los caprichos y
antojos, de tener espíritu de ahorro, de vivir la sobriedad y la pobreza aunque
se tengan medios suficientes, de tener disciplina para dedicar las mejores
horas de la semana al estudio y obtener buenas calificaciones, de interesarse
por servir a los de su familia, entonces se generan esos adolescentes
típicamente amorfos, sin personalidad, incapaces de realizar el más mínimo
sacrificio por atender a las necesidades de sus semejantes, carcomidos por la
pereza y el desorden, y que no están dispuestos a vivir la mesura, por ejemplo,
en el uso de la computadora para “chatear”, para enviar constantemente mensajes
por celulares a sus amigos. Es una especie de moderna esclavitud por la
tecnología.
Un día, estando en casa de un matrimonio amigo, se fue la energía eléctrica por
un largo rato. El hijo único –de unos 15 años– se
encontraba refugiado en su cuarto, salió de repente y comentó que no podía
utilizar su computadora, ni sus videojuegos, ni ver la televisión. Para colmo
de males, no servía su celular. Visiblemente alterado, repetía: “¿Y ahora qué
voy a hacer?”.
Pero el estado realmente crítico en que viven algunos adolescentes es cuando
cambian aquellos inocentes juguetes infantiles por otros “juguetes” más dañinos
y perversos: el consumo inmoderado del alcohol, el comenzar a experimentar con
diversas drogas, el abandono de su responsabilidad como estudiantes, el mentir
y robar dinero a sus padres para comprar lo que les place y comenzar a tener
relaciones sexuales, de forma también compulsiva.
Si sus padres y educadores no les han formado en el dominio personal, en
ejercer la fuerza de voluntad para encauzar correctamente sus impulsos e
instintos, en “controlar las hormonas” –como decía un profesor de bachillerato–, afectivamente esos jóvenes son un auténtico
desastre. En un tiempo muy corto pasan de la fase de experimentación de esos
placeres, a convertirse en auténticos adictos.
He conocido no pocos casos de jóvenes que acabaron en clínicas psiquiátricas de
rehabilitación para ayudarles a librarlos de sus adicciones. Invariablemente la
pregunta de sus padres ha sido más o menos ésta: “¿Pero nosotros qué hicimos de
malo, en qué fallamos? Si siempre le dimos lo mejor, las mejores escuelas,
comodidades, atenciones continuas, viajes, regalos…”. Y la respuesta del
Psiquiatra es siempre la misma: “Precisamente en eso estuvo el error de
ustedes. Le dieron todo, pero nunca le enseñaron a ser hombre, a dominarse, a
forjarse un carácter, una personalidad firme, no le inculcaron unos valores
sólidos”.
Es frecuente que en algunos libros de Psicología, en lo relativo a la
sexualidad, se presente al adolescente como una especie de retrasado mental o
subnormal, totalmente incapaz de dominar sus instintos o controlar sus
pasiones. Hay dos consejos tan típicos como nocivos. El primero consiste en
presentar la compulsividad sexual como algo “normal”.
Y el segundo se resume en que para solucionar esa incontinencia, recomiendan,
como “solución”, el uso del preservativo para evitar el Sida y otras
enfermedades venéreas y, si es chica, la “píldora del día siguiente”.
¡Pues vaya “consejos” de esos supuestos especialistas! Equivale a decirle a un
ladrón: “¿Te resulta imposible dejar de robar? Pues síguelo haciendo, nada más
que cuida de que no te sorprendan”. Sería largo relatar todos los sufrimientos
físicos y morales de jóvenes que viven una sexualidad desordenada. Claro que en
muchos casos lo ocultan con la careta del “machismo” y de fanfarronear con sus
amigos, presumiendo esa clase de vida.
Sin duda, es más hombre y más viril el adolescente o la chica que sabe dominar
sus instintos y los orienta correctamente. Luego, también, le servirá para
dominar su propio mal carácter, para fijarse metas, superar retos...
Hace poco vi un documental sobre el tema del
noviazgo, con un título muy sugestivo: “Si tu novio realmente te ama, sabrá
esperar”. Porque un noviazgo bien vivido es la mejor escuela para un matrimonio
estable y feliz, donde se cuide delicadamente la fidelidad conyugal. Las
relaciones sexuales pertenecen –de forma exclusiva– a
los esposos dentro del matrimonio, y en orden a traer hijos al mundo. Cuando se
rompe esta unidad y la claridad en los fines, surgen todo tipo de desórdenes
sexuales, de perversiones en esta materia, de transtornos
psiquiátricos, de enfermedades a veces incurables, y, desgraciadamente, de
muchas víctimas inocentes como son los abortos.
Porque todo acto humano conlleva una responsabilidad individual. Así por
ejemplo, un joven que bebe en exceso en una fiesta, se sube a su
coche y luego atropella y mata accidentalmente a un transeúnte, no es válido
ante la justicia que diga como excusa: “No es culpa mía, porque cuando yo
comienzo a beber, ya no me puedo controlar”. Esa supuesta justificación no es
válida ni moral ni jurídicamente. Es evidente que es culpable de un hecho
delictivo y debe purgar una condena, por lo tanto, debe asumir su
responsabilidad por conducir ebrio y ser mayor de edad.
Toda esta problemática está introduciéndose, cada vez más, en la sociedad
mexicana. Con mucha frecuencia nos enteramos de accidentes automovilísticos
donde mueren jóvenes que manejaban en estado de ebriedad después de una
parranda; de chicas que abortaron; de adolescentes que han ingresado a clínicas
para sacarlos de las adicciones... Me parece que los padres de familia no
pueden claudicar en su misión formativa para ayudar a sus hijos a crecer en
virtudes, en valores, en forjar personalidades sólidas y coherentes, libres de
vicios, de ciudadanos maduros y responsables.
Tampoco se puede delegar exclusivamente esta misión en los profesores o
asesores académicos de la escuela o la universidad. Muchas veces, como se dice
en el argot taurino, “hay que entrarle al toro por los cuernos”.
Desde niños, y luego, cuando son jóvenes, conviene saberles exigir con
oportunidad, corregirles sin miedo, anticiparse a todo lo que se van a
encontrar esos niños cuando sean adolescentes, brindarles criterios de conducta
seguros, que aprendan a ser muy sinceros con ellos, a ser los mejores amigos de
sus hijos y enseñarles a seleccionar bien –respetando su libertad–
a su novia y a sus amistades.
Es frecuente esta queja de muchos padres de familia: “El mundo está muy
difícil. Ya no hay valores”. Me parece que precisamente ante esta realidad
social, es urgente que los padres formen bien la personalidad de sus hijos,
llevándoles –paso a paso, con cariño y visión positiva–
por el plano inclinado de su superación personal, y ofrecerles directrices
claras para vivir sabiamente durante toda la vida. Esta es, sin duda, la mejor
herencia, muy por encima de cualquier bien material o económico.